La muerte, la liberación de la crisálida

Una de las tareas pendientes y más importantes en la vida de un ser humano, es la de superar el miedo a la muerte.

Este miedo, consciente o inconsciente, es una creencia profundamente arraigada, sobre todo en la cultura occidental, y más recientemente en otras culturas que han adoptado las formas de ésta, que nos lastima el alma y nos provoca sufrimiento, además de no facilitarnos en nada nuestro tránsito por la vida, nunca exento de dificultades...

En realidad, el momento de la muerte es el más fácil en la vida de un hombre, y , cuando se vive con naturalidad, se produce sin esfuerzo y sin trauma, llegándose a experimentar un profundo y auténtico sentimiento de libertad, desapego, y, sobre todo, amor incondicional. Por ejemplo, si uno ha estado sufriendo los increíbles dolores que acarrea un cáncer terminal, todo su sufrimiento físico desaparece en ese momento, ya que el cuerpo, "nos aprisiona, al igual que el capullo de seda encierra a la futura mariposa".
Pero esta falsa creencia en la muerte, no afecta sólo a los enfermos terminales o a las personas que la sienten cerca, sino también, profunda y tristemente a los familiares y seres queridos de éstas personas, que no terminan de aceptar que no volverán a verlas en ésta vida. Ésta falta de aceptación, que no tiene nada que ver con la tristeza natural por la pérdida de un ser querido, se origina en una falta de información, en la creencia de que no hay nada más allá de ésta vida.

Siempre he querido creer que la palabra "Eternidad", se refiere a la vida y no a la muerte. A los quince años me llamó la atención un libro sobre la mesa camilla de mi abuela llamado "La muerte, un amanecer después de la vida", de la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, y atraída profundamente por su contenido, que parecía corroborar mi fe en la palabra "eternidad" con argumentos científicos y testimonios reales sobre personas que habían tenido experiencias cercanas a la muerte, y animada por mi querida abuela María, me decidí a leerlo, sin saber que aquél no sería mi último contacto con la experiencia más allá de la vida.

La doctora, había recogido los testimonios de personas que decían haber tenido una o varias de estasLuz al final del túnel experiencias, o por haber tenido algún accidente y haber estado al borde de la muerte, o por haber estado en coma. Muchos de estos testimonios eran de niños con enfermedades terminales, que en sus últimos momentos habían transmitido mensajes de fe y esperanza a sus familiares o a la misma autora.
Hablaban todos de una infinita luz al fondo de un túnel o puente, y muchos de ellos de seres que les esperaban al final del túnel, familiares o no, pero tiernos y amorosos, que les decían que aún no había llegado su momento o les transmitían algún otro mensaje.
Tras leer el libro, mi corazón se ensanchó y se llenó de esperanza, y, aunque no quería morirme, deseé poder vivir de cerca una de estas experiencias. Un año más tarde, una amiga mía me "confesó" lo que le había pasado meses atrás, cuando vino a clase con un esparadrapo y un algodón cubriéndole el cuello. Le pasó, tal y como ella me lo contó, cuando se cayó rompiendo el cristal de una puerta, quedando sus manos apoyadas en un sofá al otro lado, y con la punta del cristal clavada un milímetro en su cuello. En el tiempo que transcurrió entre que se cayó hasta que se levantó con un instintivo reflejo, vió una retrospectiva de lo que había sido su corta vida (dieciséis años),y pudo ver un túnel muy largo, con "una luz muy grande al final , increíble, no como artificial sino de verdad, y a mis amigos (muertos el año pasado en un accidente d coche), esperándome, sonriéndome, con una sonrisa extraña...y tenía un amor...! "
Me quedé maravillada, y ella sorprendida de no que no le dijera que estaba "flipando", ya que hasta ese momento había decidido no contárselo a nadie, por miedo a que no la creyeran. Yo sí la creí.

Más tarde he ido siguiendo el rastro de lo "eterno", y he tenido no pocos "maestros", que me han ido señalando el camino, desde el corazón, pues hablamos del camino del corazón, del alma humana que busca y siente, al menos una vez en la vida, lo Eterno, lo Perfecto, el equilibrio entre cielo y tierra.
Cuando uno siente miedo , los maestros son el dolor de una pérdida, una muerte o un accidente, una enfermedad o un buen susto. Cuando uno busca con certeza, los maestros son los niños, los abuelos, los libros sobre chamanismo, la Biblia, el Corán, una enfermedad, un buen susto...
Yo he tenido miedo y he sentido profunda certeza, y la causalidad ha hecho el resto. . He aprendido que estamos aquí para aprender, que la Tierra es una escuela donde se trabaja duro para, finalmente, acercarnos más al amor incondicional. Que el cuerpo es un vehículo al que hay que amar y respetar , ya que nos ayuda con su buen funcionamiento a fluir mejor con la vida y a aceptar las situaciones que nos harán crecer como seres humanos. Y he aprendido que el tiempo y la muerte no existen. Que Jesús está vivo, y Krishna, y Buda y mis antepasados, en un cielo malayo o en un cielo mallorquín, pero todos viven en algún plano de existencia, utilizando o no un vehículo o cuerpo como el nuestro, aunque algunos hayan sido más o menos tocados por la eternidad, la Vida, la profunda paz y la dicha.

Mi abuela Singah, que vive en Malaysia, es lo que los malayos llaman bohmo, mujer medicina o mujer mágica. Aunque no tiene estudios intelectuales, conoce de primera mano las experiencias extracorpóreas, y sabe con certeza que hay vida más allá de la vida que nosotros conocemos y recordamos.

Mucha gente de todo el país iba a verla para que les transmitiera mensajes de sus familiares fallecidos, y también para que ahuyentara a los jins o espíritus de sus casas o de sus vidas. Mi padre se crió con una de estas familias, que muy agradecida a mi abuela por su trabajo, le dieron una educación a su hijo varón, pues en las sociedades matriarcales se mantiene esta tradición, por llevar el peso de la casa la madre y no poder cuidar de sus retoños.
Singah ha trabajado siempre con lo que en el Islam se llama "el poder del Corán", utilizando versículos de este libro sagrado para la sanación del alma, junto con antiguos rituales transmitidos generación tras generación de sus antepasados de Sumatra, herederos de la antigua religión hindú; y también hierbas, especias y canciones susurradas desde el corazón.
Los mismos espíritus, almas atrapadas entre dos mundos, atrapadas en su propia soledad, o desgraciadas por no haber aprovechado la vida en todas sus posibilidades, se le aparecían pidiéndole consejo, "¿y ahora qué toca? ¿a dónde debo ir? ¿por qué no aproveché mejor mi tiempo?, pude haber amado más y no lo hice...".
Sé que todas historias son ciertas, porque he visto, he oído, he sentido.

Somos eternos, y debemos seguir aprendiendo, acercándonos más y más al amor incondicional, que es lo único que cuenta. Nadie nos va a juzgar, nadie nos va a castigar, nuestras propias experiencias y creencias nos darán la conciencia necesaria para saber lo que tenemos que hacer. Si tenemos cerca a alguien que esté a punto de morir, nuestras palabras han de ser Vida y Amor, Encuentros y alegría; ya que si lloramos y nos sentimos desgraciados delante de esa persona, y le pedimos que no se marche, que la echaremos de menos, le hacemos el tránsito mucho más difícil, no se querrá ir dejándonos solos y tristes aquí...


Tristemente, en España hemos perdido la costumbre de velar a los muertos, al contrario, con nuestros llantos y nuestros apegos se lo hacemos más difícil, cuando podríamos ayudarles a encontrar el camino hacia la libertad, como describe nuestro misal, o el "Libro tibetano de los muertos". En muchas tribus los rituales funerarios son los más importantes socialmente, y se cuida mucho el que los difuntos lleguen a su destino en el más allá; muy conocidos son los funerales de los Toraja, en Indonesia, y en Bali se hace una gran algarabía; Los difuntos van en unas torres que son movidas en círculos y sacudidas para desorientar a los espíritus y que no encuentren el camino de vuelta a casa para que se puedan unir al dios supremo, se considera bueno que haya turistas en los funerales, ya que favorecen la confusión de los espíritus.
La muerte no existe.
Vale la pena meditar sobre la Vida, y las cosas que verdaderamente valen la pena. Ayudar, dejarse ayudar, amar, amar, Amar...
Como la mariposa que se libera de la crisálida y encuentra su libertad en el vuelo, nosotros emprendemos el vuelo hacia lo Eterno, aquello que hemos sido, que somos, que seremos...

Bibliografía:

  • La muerte, un amanecer", Elisabeth Kübler-Ross
  • El libro tibetano de la vida y la muerte- "Vida después de la vida", Dr. Raymond Moody
  • La rueda de la vida", Elisabeth Kübler-Ross
  • El Orgullo del espíritu", Rosemary Altea
  • El Águila y la rosa", Rosemary Altea
  • Ensoñación y espacio interior, el mundo del chamán", Holger Kalweit
  • Lazos de amor", Dr. Bryan Weiss
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Noraya Kalam
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