Interferir en los procesos ajenos


¿Cuántas veces hemos sentido el impulso de pretender “salvar la vida a alguien”?

La compasión es a veces mal comprendida. Cuando pretendemos ayudar a alguien sin su permiso, o sin que nos haya pedido ayuda, le estamos obligando, sin querer (y con toda nuestra mejor intención), a comenzar su proceso otra vez desde el principio.


Una imagen que nos ilustra esto a la perfección sería la de una madre que sostiene en sus brazos a su hijo para protejerlo, impidiendo que se pueda lastimar si tropieza y cae al suelo. Inevitablemente, este niño tendrá serios problemas para aprender a caminar si la madre no le permite caer y levantarse por si mismo. ¿Realmente le está ayudando? Evidentemente, no.

Pero es natural que queramos ayudar. El límite está en el libre albedrío de los demás. Podemos pensar en lo mal que nos parece que está un ser querido. Y le avasallamos con consejos, pues creemos que sabemos lo que debería hacer. Es más, si le vemos hundirse, nos sentimos mal por sus elecciones, incluso culpables si no tratamos de hacerle ir por nuestro camino. Pero creer que no puede salir por si mismo de sus problemas es negar su poder y autoridad. Tratar de convencerle sería además caer en la manipulación.

Darle la oportunidad de aprender a su manera, es compasión.

Esta pequeña parábola popular, me mostró en su día una nueva perspectiva y un mayor nivel de comprensión acerca de lo que ahora nos concierne. Escucharla me ayudó mucho y además, ¡me quitó un peso de encima!

La quisiera dedicar a todo el mundo, pero especialmente a quienes -como nosotros- nos dedicamos al servicio a los demás.

Los capullos de seda

Un profesor que impartía una clase de ciencias en el laboratorio de un colegio, mostraba a sus alumnos como, realizando un preciso corte de bisturí, ayudar a un gusano de seda a salir de su crisálida.

Era una tarea delicada, pues se trataba de no dañar a la frágil mariposa que se encontraba en el interior del capullo.

Una vez terminada la experiencia, todos los niños quedaron sorprendidos al comprobar que ninguna de las mariposas liberadas era capaz de volar.

La moraleja es bien sencilla: las mariposas necesitan ejercitar sus alas para estar preparadas para el vuelo. Esta preparación la consiguen gracias al esfuerzo realizado para romper por si mismas el capullo. Si con nuestra mejor intención, hacemos el trabajo por ellas, las privamos de su capacidad para volar, anulamos su proceso evolutivo.

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Alejandro Sánchez
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